




Por Paco Lloret:
Dentro de unos años ya nadie preguntará por dónde estaba el 23 de febrero del 81 o qué hacía cuando la tarde del frustrado golpe de estado. “¿Cómo celebraste el gol de Iniesta?” o “ ¿con quién viste el partido?” serán las cuestiones que pretenderán situar desde la perspectiva del paso del tiempo un acontecimiento que puso patas arriba a toda una sociedad en los primeros compases del verano de 2010. La catarsis colectiva ha superado todas las previsiones. La sacudida producida por la hazaña de la selección española de fútbol ha adquirido una relevancia espectacular que pone de relieve la tremenda fuerza del fútbol como fenómeno de masas.
La pasión se desbordó por todo el país como nunca se había conocido. Ningún otro éxito deportivo había conmocionado tanto a tantos, como la victoria española en el mundial celebrado en Sudáfrica. Después de tantas frustraciones, se han sepultado los lamentos y se han olvidado las penas de otros campeonatos marcados por la decepción. España no ha fallado, esta vez se han cumplido los pronósticos que le otorgaban la condición de gran favorito. No ha sido fácil, se han superado múltiples escollos como demostró Holanda en la final, empleando un repertorio de sucias artimañas. No sirvió de nada pese a la complicidad arbitral. Esta vez ganó el mejor, ganó el buen fútbol, ganó España. Ya era hora.
Y con España se armó la mundial (por Paco Ballester)
El mundial del “Waka waka” pasó a ser el del “tiqui-taca”. Un modelo de fútbol no de andar por casa, sino de salón, desplegó su alfombra roja en Sudáfrica. Tras la final con Holanda, la capital del mundo se trasladó de Nueva York a Fuentealbilla, lugar de nacimiento de un enano alopécico especializado en marcar goles decisivos para la historia del deporte rey. El triunfo de la selección española significa la victoria de un concepto de fútbol nacido en el koljós. La glorificación del juego colectivo por encima de la fugaz aparición de astros estrellados que pasan de la gomina al escupitajo a la cámara.
Dijo Maradona que si las porterías estuvieran en las bandas España ganaría todos los partidos por goleada. No se paró a pensar que la de Argentina se encontraba en el lugar habitual, y que a pesar de ello, Alemania les hizo un siete. Bueno, un cuatro.
Vencer en una competición corta como un mundial sólo es posible a través de la conjunción de varios elementos. Ausencia de lesiones, momentos puntuales de forma, jugadores limpios de tarjetas, arbitrajes salomónicos e incluso ínfimos detalles. Toda España dio un pasito atrás cuando a Cesc le cayó la pelota para no caer en el fuera de juego. Las manos delante de los ojos cuando ese torpedo de cristal llamado Robben encaraba a Casillas mientras Piqué y Puyol seguían la estela holandesa encomendándose a los reflejos del yerno ideal de Móstoles.
El triunfo de España ha ascendido a los altares la posición del centrocampista técnico, de la escuela brasileña, o por qué no, holandesa. El control orientado, el engaño de cadera, la finta, el pase al pie. Conceptos que tanto brasileños como holandeses (quién lo iba a decir) despreciaron en sus partidos decisivos y que llevaron a la tumba deportiva, primero a la canarinha y después a la orange. Holanda quiso cambiar el césped por el tatami, y al final, terminó igual de derrotada que en el 74 y 78. Aquellas selecciones, aunque vencidas, por lo menos consiguieron la pírrica victoria de ser “campeones morales”, permanecer en la memoria de los aficionados por culpa de un manera de jugar que se asemejaba más a una representación del Bolshoi que a un partido al uso. Hay quien mira hoy a España y se acuerda de aquellos. La paradoja holandesa.
De Cary Grant se decía que tenía estilo. Astaire podría ponerse la zamarra roja y no desentonaría. De la España de Belauste se ha pasado a la España de Xavi. De aquella furia tan sólo queda, y sigue siendo parte fundamental, la voracidad depredadora de Villa o el mangriñeo desbocado de Puyol. En menor medida, el encendido micrófono de Camacho. Dirigidos desde la banda por un pastor de egos, hoy en día, a la selección española se la admira. El mundo se ha rendido a los pies, a las botas, de un estilo. Un guante de seda forjado en hierro.
Y continúa la pasión por el fútbol con la nueva Liga
El fútbol no se toma apenas vacaciones. En pleno mes de agosto arranca la Liga, torneo donde se dilucidará a lo largo del año si la bipolaridad Madrid-Barça es algo más que una tendencia pasajera. Tras casi 60 años, la competición nacional contará con cuatro equipos valencianos. El Valencia, al igual que el Villarreal, buscará acomodarse en plazas de Liga de Campeones. Mientras, Hércules y Levante centran sus aspiraciones en asegurar la salvación lo antes posible.
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