
En tiempos de crisis y falta de dinero, Carlos González Triviño reivindica la ambición, el valor de la inteligencia, la capacidad de producir ideas, el rigor y la imaginación aplicados a la ciudad. Este joven urbanista y estudioso de la filosofía metido en política –“que es el orden más estructurante de lo social”– pertenece a esa especie, casi en peligro de extinción, la de los políticos intelectuales.
¿Pensar la ciudad puede llegar a convertirse en una profesión? No es bueno que llegue a ser una profesión. Tiene que ser muchas profesiones y analizar las cosas desde muchos puntos de vista, una tarea interdisciplinaria, dinámica, evolutiva, porque está evolucionando el análisis de las ciudades y también lo que hoy entendemos por una profesión. Si no seguimos el pálpito de la ciudad casi milimétricamente, no somos fieles a su espíritu de dinamismo. Si alguien quiere analizar la ciudad tendrá que replantearse continuamente su profesión. Las ciudades necesitan ser pensadas de modo colectivo y complejo, y hay que articular un discurso urbano que aúne el rigor con la imaginación.
¿Se piensan de distinta manera desde el Gobierno y desde la Oposición? Siempre he pensado que el Gobierno y la Oposición son más bien actitudes mentales: hay oposiciones que pueden desencadenar pensamientos estratégicos que en realidad corresponderían al Gobierno, y que a veces el Gobierno piensa la ciudad de manera más bien propia de un partido de Oposición. En este momento de decadencia, las estrategias económicas, ambientales y urbanas tienen que ser repensadas desde su raíz para adaptarse a un contexto muy cambiante. Algunos gobiernos están reaccionando de una manera muy conservadora, no en el sentido ideológico, sino en el de no tener predisposición a los enormes cambios que necesita la ciudad para sobrevivir competitivamente.
¿A la hora de gobernar todos hacen más o menos lo mismo? No, por supuesto, hay muchísimas maneras de gobernar. Es posible construir un modelo urbano que descanse en los activos del conocimiento, de la investigación, de la creación, actividades de altísimo valor añadido, en lugar de dejarse llevar por la coyuntura de un mercado que demanda mucha construcción. Los activos que genera un modelo u otro para la ciudad son totalmente diferentes, y también serán distintos el tipo de gente y de inversores que quieran ir a esa ciudad, la vida urbana y cultural que se genere, las expectativas que tenga esa ciudad a medio o largo plazo según se opte por un modelo u otro.
¿Cuando llega una crisis tan brutal como esta toca rebajar planteamientos? La crisis es el momento de ser más ambiciosos que nunca. Por una razón muy sencilla: todas las constricciones que uno tiene cuando las cosas están funcionando bien, desaparecen. En los momentos de crisis hay que tener la libertad de tomar muchas decisiones que afecten a la estructura, a la raíz, al modelo. Si se quieren aprovechar, las crisis instauran un contexto de extraordinaria libertad para repensar las cosas en su integridad.
¿No crees que la jerga del urbanismo lo aleja del ciudadano? Hay un urbanismo del procedimiento administrativo, de la legalidad, del reglamento, y luego una ciencia urbana que contempla todas las cosas que tienen que pensarse conjuntamente con el urbanismo. Hay que disolver el urbanismo en la ciencia urbana y hacer que coopere, que se entienda, con la sociología, la economía, la cultura, la sostenibilidad, el paisajismo, el ocio... La ciudad es un todo. Si el urbanismo se entiende sólo como reglamento, como disciplina urbanística, es una maldición. Si se entiende como técnica adicional que coopera con otras, aporta mucho.
¿Eres crítico frente al modelo de transformación que ha tenido Valencia? Totalmente. Lo que ha hecho el Gobierno del Partido Popular ha sido desarrollar las infraestructuras conceptuales, jurídicas y de planificación que le legó el Gobierno de Ricard Pérez Casado, sin hacer aportaciones significativas a lo que podría ser un modelo de ciudad. Cuando el Plan General del 88 llega a momentos de agotamiento, uno esperaría que aparecieran con un Plan propio. Sin embargo la revisión del Plan General lo que ha hecho es devolver el Plan del 88 a su esencia y se ha puesto de manifiesto la profunda incapacidad del Gobierno para pensar la ciudad a partir de categorías diferentes de las que heredó del anterior Gobierno.
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