
Peñíscola o Castellón. La travesía dura tres horas y, con un poco de suerte, puede verse amenizada por los delfines. Más raramente, es posible vislumbrar alguna de las ballenas, de hasta 30 metros de largo, que transitan por esta aguas en sus migraciones anuales. Es casi obligado llevarse unas gafas de buceo para poder asomarse a unos fondos marinos que desaparecieron hace varias décadas de la costa peninsular y que aquí se mantienen en muy buen estado. Langostas, meros o corales son algunos de sus habitantes habituales.
En cambio, en tierra firme hay poco que hacer. Sólo está permitido desembarcar en la isla Grossa, siempre bajo la vigilancia de los guardias de la reserva, y sólo podremos recorrer el único y corto camino que enlaza el faro, en un extremo de la isla, con el minúsculo cementerio de los fareros, en el otro. Pero, y gracias a los pocos metros que tendremos que ascender, disfrutaremos de una visión inolvidable del resto del archipiélago con los islotes del Carallot, la Ferrera y la Foradada, rodeados de múltiples escollos que cubren las aves marinas.
Para asegurarse que hay plaza en la golondrina, es conviente llamar a los teléfonos 964 480 200, 964 489 776 o 964 480 200 si se quiere zarpar desde Peñíscola, o al 607 392 207 si se prefiere salir de Oropesa.


