



La sierra de Irta constituye el tramo de costa virgen más extenso de toda la Comunitat Valenciana. Desde que acaban las últimas edificaciones de Alcossebre, siguiendo una pista de tierra paralela a la orilla hasta que empiezan los primeros chalets de Peñíscola, recorrer cerca de 15 kilómetros sin encontrar edificios que no sean las ruinas de otro tiempo.
Tanto la medieval Torre Badum como el antiguo cuartel de carabineros, mucho más reciente y sin embargo mucho más deteriorado, recuerdan la necesidad de vigilar este litoral despoblado y por tanto propenso a las actividades ilícitas. Como lo fue hasta hace no muchos años el nudismo, que ahora se puede practicar con total libertad justo en la cercanía de estas dos construcciones. La cala del Pebret ofrece tranquilidad a los naturistas gracias a su lejanía de cualquier lugar habitado. Es de arena, en contraste con la grava y la roca que forman el resto del litoral y que quizá han contribuido a que la actividad inmobiliaria haya preferido otras zonas.
También la propiedad templaria de buena parte de la sierra ha sido históricamente un freno a la ocupación humana. Los castillos de Polpis y de Xivert, en lo más alto, recuerdan este pasado feudal, que tiene en el casco antiguo de Peñíscola su más excelsa representación con el castillo del Papa Luna. El paso de la orden del Temple no ha dejado sólo recuerdos militares. Los márgenes de piedra seca que escalonan montañas enteras dan buena prueba también del empuje de esta orden militar.
Abandonados desde hace muchos años, estos campos abancalados han sido reconquistados por una genuina y densa maquia mediterránea, dominada por arbustos como la coscoja, el lentisco, el palmito y el espino negro, salpicada de abundantes bosquecillos de pino carrasco. Esta vegetación, impenetrable para el ser humano, es el refugio perfecto para jabalíes, conejos y perdices, además de muchos otros animales que nunca han codiciado los cazadores pero que despiertan el interés de los científicos, como la curruca, el tejón y diferentes especies de rapaces. La costa, por su tranquilidad, es también lugar predilecto para dos aves marinas protegidas, la gaviota de Audouin y el cormorán moñudo.Pero la sierra de Irta no es sólo costa. Su cima, el pico de Campanilles, sube hasta los 572 metros y esconde fuentes y parajes tan refrescantes como el Mas del Senyoret. Allí sobrevive una de las pocas olmedas que se ha salvado por ahora de la grafiosis, la enfermedad que está matando sin remedio los olmos del Planeta. La vertiente opuesta al mar se cubre en las partes bajas de olivos centenarios, símbolo y patrimonio de esta comarca
EL TESORO DE LA ARENA
En la cala del Pebret, a los pies de la Torre Badum encontramos una de las pocas dunas que han sobrevivido a la urbanización del litoral valenciano. En ella florece en pleno verano la bellísima azucena de mar, una planta bulbosa que es cada vez más escasa por la desaparición de estos ecosistemas arenosos. En forma de campanilla grande, de color blanco puro y dotada de un delicado perfume, era posible encontrarla incluso en la Malvarrosa hace unas décadas. Ahora ya se ha convertido en una planta rara.
QUÉ VER EN JULIO
Con el calor sofocante del verano, la naturaleza mediterránea entra en un letargo similar al que padecen en invierno los habitantes de climas fríos. Pero la actividad se mantiene inalterable en el mar. Es el mejor momento para mirar bajo la superficie en lugares de aguas limpias y fondos rocosos, como los que se extienden entre Dénia y Benidorm. No son necesarias las botellas de aire ni descender un solo metro. Basta con unas sandalias de goma y una máscara de buceo para descubrir, sin riesgo ni preparación previa, un mundo completamente distinto al de cada día.


